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Uno de los grandes discursos que la humanidad ha construido y reproducido es el del desarrollo. Una empresa que hemos asumido como sociedades y que en los últimos siglos se ha entendido como el progreso material y tecnológico y el continuo crecimiento económico de estados nacionales y corporaciones transnacionales.

Arturo Escobar, en un libro llamado La Invención del tercer mundo. Construcción y deconstrucción del desarrollo, nos cuenta cómo en la década de 1950 el presidente de los Estados Unidos Harry Truman, estableció que existían unas sociedades desarrolladas en el hemisferio norte y unas cuantas subdesarrolladas en el hemisferio sur. Así, se inició una carrera económica, política y social, para liberar a los sureños de las garras del subdesarrollo, siguiendo la estrategia de industrialización y urbanización que unos siglos antes habían emprendido Europa y Estados Unidos durante la llamada revolución industrial.

El progreso material y el crecimiento económico sin duda han promovido la creación y acceso a bienes y servicios que han mejorado notablemente la calidad de vida de las personas y también han creado un mercado de bienes ostentosos, que en buena parte se configuran como la imagen de las sociedades desarrolladas. Carros de gama alta, ropa y accesorios de marcas costosas, casas lujosas, entre otros.

Sin embargo, este progreso material y el estilo de vida que nos propone como ideal de desarrollo, están generando impactos sociales y ambientales bastante preocupantes. La explotación de recursos naturales y del trabajo humano requeridas para atender las demandas del “desarrollo”, está generando conflictos sociopolíticos que parecen no tener una solución pacífica. A esto, se suma la degradación de las condiciones que permiten la vida en nuestro planeta.

Entonces ¿Qué hacer?

Esta es la pregunta que viene orientando el trabajo de muchas personas y organizaciones en todo el mundo y que cada vez cobra más vigencia e importancia en los debates económicos y sociales contemporáneos.

Es así como la Redprodepaz, la Universidad Santo Tomás, el Instituto Humboldt y la consultora E3 (Ecología, economía y ética) proponen el Laboratorio de Innovación Ambiental Territorial para la Paz en Colombia, un espacio para reflexionar, soñar y planear acciones que nos permitan encontrar soluciones creativas a los desafíos que nos plantea el desarrollo.

En su segunda versión, el Innolab se desarrolló en la ciudad de Montería, Córdoba, entre el 17 y el 23 de marzo de 2019, reuniendo a representantes de los 27 Programas de Desarrollo y Paz a lo largo y ancho del país. Este fue un espacio donde se intercambiaron conocimientos, experiencias, sueños e ideas para transformar el mundo desde las acciones en los territorios.

En el encuentro se tuvieron cátedras en temas como nuevas economías, economías regenerativas, biodiversidad, ética y gobernanza;  a cargo de expertos nacionales e internacionales que han venido estudiando el desarrollo y que reconocen la necesidad y urgencia de emprender cambios individuales y sociales  en las formas como estamos produciendo y consumiendo, pues se hace evidente que el desarrollo como lo estamos construyendo es insostenible. En palabras del economista francés Serge Latouche (2011) “es un asunto que solo cabe en los libros de economía capitalista”.

Una de las lecciones importantes del  II Innolab, fue la necesidad de asumir el desarrollo como un asunto que nos vincula a todas las personas, no solo a los economistas y políticos. Todas las ideas de innovación económica, las pequeñas acciones cotidianas para cuidar el medio ambiente, la autorreflexión sobre nuestra forma de producir y consumir y las acciones de solidaridad con las demás personas y seres vivos, son necesarias y bienvenidas en el gran propósito de transformar la construcción del desarrollo y la paz. ¡No puedo hacer todo el bien que necesita el planeta, pero el planeta necesita todo el bien que yo pueda hacer!

Y ¿desde el Oriente Antioqueño?

El Oriente Antioqueño es una subregión reconocida por su riqueza natural y su notable biodiversidad. Tenemos abundancia en agua dulce, un bello paisaje montañoso, diversidad en flora y fauna y unas condiciones climáticas que permiten cultivar una gran variedad de alimentos.

No obstante, con el paso del tiempo, vamos perdiendo cada vez más esa riqueza. Nos vamos separando de nuestras raíces campesinas y un paisaje urbano va avanzando aceleradamente sobre el territorio. También vamos perdiendo la noción de un buen vivir fundamentado en la paz y la armonía con los demás y con la naturaleza, y damos prevalencia al afán consumista del “desarrollo”.

Estamos justo a tiempo de generar reflexiones y acciones que nos permitan hacer de nuestro patrimonio natural y campesino un eje de desarrollo del territorio. Necesitamos reconocernos como sociedad e innovar en nuestras estrategias productivas y de consumo.

Necesitamos entender que la paz se construye en escenarios concretos, en los territorios, en las veredas y los barrios, que es un asunto colectivo y que requiere de un proceso de autorreflexión y entendimiento, y de la construcción de un pacto social por la recuperación y la defensa de nuestro patrimonio natural.

Por: José Fernando Orozco. Profesional de la Línea de Desarrollo Rural de la Corporación Prodepaz.

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